Última batalla por la flotación
El Banco Central está librando una importante y decisiva batalla por consolidar el nuevo régimen cambiario. Si lo logra, pasará pronto formalmente -o quizás ya pasó de hecho- a una flotación administrada, donde el tipo de cambio se determine fundamentalmente por las fuerzas de oferta y demanda, con alguna intervención oficial. Pero tiene adversarios formidables.Muchos empresarios, banqueros comerciales, funcionarios públicos y prestigiosos economistas critican acremente las oscilaciones experimentadas por las cotizaciones en mercado la semana pasada (ver La Nación, sección de Economía del pasado viernes), cuando el tipo de cambio bajó 12 colones pero luego se recuperó y superó con creces el terreno perdido. Unos abogan por volver a las "minis” por la seguridad que les imprimía en sus negociaciones, y los más radicales reclaman la dolarización como tabla de salvación. Yo, en cambio, me adhiero a la flotación (sin menospreciar la dolarización) por ser un régimen superior a las “minis” y el único compatible con el sistema de inflation targets, necesario –indispensable, diría- para poder reducir y controlar la inflación. Los economistas le hacen varias críticas a la flotación. Pero ignoran sus ventajas. Yo voy a resumir algunas de las que causan mayor discusión:
Desventajas:
- Les preocupan las oscilaciones diarias o, incluso, semanales, sin que varíen los “fundamentales”, pues no encuentran explicación racional. Yo respondería que es normal que un mercado libre (petróleo, dólar frente al euro y yen) varíe de conformidad con factores muy puntuales que afectan la percepción de compradores y vendedores. Además, hay factores estacionales o temporales que explican, al menos en parte, las oscilaciones mencionadas: mayor oferta de divisas por importación de capitales para atender pagos locales de impuestos y aguinaldos, o, bien, para atender el pago de importaciones navideñas.
- La segunda preocupación tiene que ver con supuestas manipulaciones del mercado por parte de grandes participantes (la ballena en la piscina acosando a la olomina), o con especuladores profesionales que sabe cómo manipular el subibaja cambiario. La argumentación ha dado muchas vueltas en nuestro mercado y ha sido utilizada a discreción para atacar las bandas y la flotación. Yo tengo mis reservas. No porque crea ingenuamente que nadie puede manipular el mercado, sino porque no he visto las pruebas necesarias para hacer me cambiar de manera de pensar. Se menciona al Banco Nacional como un supuesto “canalla” pero yo no comparto esa opinión. Más bien, pienso lo contrario. Es bien sabido que su posición patrimonial en moneda extranjera es contraria a la especulación, pues no aumenta ni disminuye caprichosamente, sino que prevalece muy estable. Conozco muy bien a Luis Carlos Mora, director responsable de esas operaciones en el Nacional. Fue mi gerente en el Banco Central y puedo dar fe de que el chavalo es muy honesto.
- Otra objeción a la flotación es el poder discrecional que se reserva el Banco Central para intervenir (o no intervenir) en el mercado cambiario. No hay normas claras y se presta para que personas con información interna (inside information) puedan filtrar información y sacar ventaja. El tema es delicado. Teóricamente, sí podría suceder. Pero yo estoy dispuesto a darle a Guti y sus colegas el beneficio de la duda. En los últimos tres meses la política cambiaria se ha redimido y dado como resultado una flotación limpia. Eso ha permitido bajar la inflación y las tasas de interés con un cierto grado de sostenibilidad. Si el Banco continúa por esa línea recta, tendrá muy buena oportunidad de consolidar la flotación y avanzar a inflation targets para darnos a todos menor inflación y tasas mas bajas de interés.
VENTAJAS· Quizás la más importante y, por eso, la repito pues ya la he mencionado, es permitir al Banco Central retomar el control de la política monetaria y controlar la inflación. De ello, sólo beneficios se derivan: protección del salario real, menores tasas de interés, estabilidad para la inversión etc.
· Corolario de lo anterior, permitiría que la economía costarricense se desprendiera de la dolarización de hecho que tenemos (la dolarización buena es la de derecho) y pudiéramos “colonizarnos” para volver a tener estabilidad en nuestras operaciones.
- El costo de seguir con las minidevaluaciones es muy caro en términos de inflación y altas tasas de interés. Indexan de manera inercial los precios de los bienes y servicios importados e imponen un piso a las tasas de sinterés. Los adversarios de la flotación (salvo los dolarizadotes) no nos dicen cómo arreglar estos problemas. Están en deuda con nosotros.
Encendido debate sobre pobreza y desigualdad
No sólo en este Blog se debaten estos temas. Otro interesante debate se está llevando actualmente en Palestra Económica (una lista de economistas y pensadores de otras disciplinas) sobre las políticas públicas de los últimos 20 años y su impacto en la pobreza, desempleo y desigualdad. Varias propuestas se han avanzado:
Unos sostienen que la culpa de la persistencia de la pobreza y el deterioro en la distribución del ingreso (medido por el coeficiente de Gini) se pueden atribuir a las políticas “neoliberales” de los últimos gobiernos; otros afirman lo contrario porque los “liberales” no han gobernado. Eso tiene un elemento de verdad.
Si se evalúan las políticas públicas de traslado de recursos, protección, exenciones, subsidios y demás intervenciones espurias acordados a las clases más adineradas, veríamos que posiblemente no han contribuido a disminuir la pobreza y es probable que hayan contribuido a incrementar la desigualdad. Pero la historia no se acaba ahí.
Otros autores discrepan de lo anterior en el sentido de que, según su apreciación, sí han gobernado los “neoliberales” o, por lo menos, se han aplicado recetas neoliberales, y a ellos (y ellas) se puede atribuir el mediocre combate a la pobreza y la desigualdad. Yo creo que también tiene algo de razón.
Sin embargo, agregaría que buena parte de la culpa la tienen las leyes, decretos y políticas intervencionistas y discriminatorias que han tenido por efecto una mala asignación de los escasos recursos productivos y menor crecimiento potencial. Sin crecimiento, no hay paraíso. Tampoco hay aumento del empleo ni reducción de la pobreza
Ligado con el punto anterior, hacen una distinción entre “neoliberales” y “liberales”. Me parece muy interesante. Yo hago otra distinción para identificar el contenido de las diferentes políticas: “liberales” y “derechistas”. Los liberales –dije un una columna reciente- vemos con escepticismo la arbitraria intervención del Estado en la economía que produce malos resultados económicos y sociales. Los “derechistas”, en cambio, siempre han visto con buenos ojos la intervención del Estado pero cuando es a su favor: proteccionismo industrial y agrícola, subsidios, Cats, zonas francas, topes de cartera, minidevaluaciones, offshores, y una larga lista de Etcéteras.
También se hace otra aclaración que me parece muy importante: “Liberal es el que tiene una visión del ser humano en todas sus libertades, y para todos, y no solamente en sus derechos de propiedad y para quienes ya las tengan. Corresponde al liberal la divisa “liberté, egalité, fraternité”, de la revolución francesa, incompatible con los resultados rapaces que lograron las políticas neoliberales de estos últimos veinte años”. Yo concuerdo plenamente con la primera parte de esta afirmación. Un liberal no está reñido con la justicia social ni con dar a todos oportunidades para que la igualdad no se vacíe de contenido. Yo, por ejemplo, me declaro liberal con conciencia social. Pero discrepo de la última parte del texto: que “las políticas neoliberales han sido rapaces”. En vez de neoliberales, yo diría que esas políticas han sido “derechistas” y no “neoliberales”.
También discrepo en cuanto a que el Consenso de Washington haya sido el responsable del fracaso social de las políticas en estos 20 años. Yo estudié el Consenso cuidadosamente, y llegué a la conclusión de que sus 10 principios básicos siguen siendo válidos actualmente, y su incumplimiento traería problemas serios, como las vastas inflaciones y crisis del principio de la segunda parte del siglo XX. También concluí que esos principios eran un mínimo necesario pero no suficiente para lograr mejores resultados económicos y sociales, y debían complementarse con otras políticas compatibles con ellos, y no, como pretenden los socialistas, anulándolos.
En resumen, creo que se debe rescatar el aporte conceptual del pensamiento liberal, no necesariamente del mal llamado “neoliberalismo”, y rechazar con vehemencia la concepción de derecha por los efectos perniciosos que produce en el crecimiento y la distribución, y ser, además, muy cuidadoso al rescatar otras visiones sociales e intervencionistas, muy de moda a raíz de la crisis, porque pueden producir efectos económicos y sociales contrarios al fin loable que se desea: una Costa Rica más próspera y equitativa
Las dos caras de la desigualdad
El feo rostro de la desigualdad se hizo presente, de nuevo, en la sociedad costarricense, acompañada de dos primos hermanos: el desempleo y la pobreza. La primera, medida por el coeficiente de Gini, era ya bastante fea, pues se ubicaba en 0,424 en el 2008 pero con la crisis del 2009 subió a 0,439, lo que significa que la distribución del ingreso se volvió más desigual. El desempleo, por su parte, subió a 7,8% en el 2009 y la pobreza creció a 18,5%. La pregunta, repito, es cómo reducir esas variables de manera elevada y sostenida para hacer de Costa Rica una sociedad más justa y próspera.
Tal y como dije anteriormente, para mí el desempleo, pobreza y desigualdad guardan una gran correlación entre ellos y, a la vez, se relacionan con otras variables muy importantes que las afectan para bien o para mal: producción e inflación. Pero hay economistas que piensan lo contrario: el crecimiento del PIB no necesariamente conlleva mayor generación de empleos de calidad que permitan el ascenso de los más pobres. He aquí un dilema fundamental.
Si aceptamos esa tesis, habría que desechar las políticas para crear un panorama propicio para la inversión nacional y extranjera (clima de negocios), y evitar que los recursos fluyan libremente en el mercado para mejorar asignación de recursos y activar la producción. Adiós a la eficiencia y productividad. También tendríamos que desechar esas mismas políticas de crecimiento pues, según ellos, propician la desigualdad toda vez que las nuevas remuneraciones generadas favorecen a los más ricos. Ergo, al carajo el crecimiento del libre mercado; es el Estado el nuevo Chapulín Colorado.
Yo no me apunto con esa tesis, por más redentora que parezca. Creo firmemente que, a pesar de la crisis, el sistema del libre mercado seguirá cumpliendo una función social trascendental, pues le asigna mayor remuneración al que más aporta a la sociedad. Y ese incentivo es el único capaz de lograr mayores niveles de producción, empleo y salarios crecientes. Además, creo que controlar la inflación permitirá preservar el nivel real de los salarios e impedirá que la pobreza y la desigualdad aumenten.
Mientras que el Estado de la Nación aboga por una política de salarios mínimos crecientes para aumentar los salarios y disminuir la pobreza, yo pienso que sería mucho más efectivo y sostenible aumentar la producción y controlar la inflación para defender a los trabajadores. La teoría económica dice claramente que si el estado impone leyes de remuneración salarial por encima del equilibrio del mercado, en vez subir el salario real, más bien aumenta el desempleo, y eventualmente suben los precios por el efecto en los costos de producción. La evidencia más reciente da señales en esa dirección.
La última Encuesta de Hogares del INEC revela que el desempleo, pobreza y desigualdad se afectan por el crecimiento del PIB y el nivel de inflación. Señala que durante el período comprendido entre 2007 y 2008, cuando el PIB crecía a tasas vigorosas, bajaron el desempleo y pobreza. La pobreza no bajó más a pesar del incremento en el nivel nominal de los salarios, porque la inflación fue muy elevada en esos dos años. En cambio, en 2009, cuando la expansión de la producción fue negativa (-1,3%), subieron el desempleo (de 4,7% a 7,5%) y la pobreza (de 17,7% a 18,5%). Además, subió la desigualdad. Habría que aclarar, desde luego, que la desigualdad no depende únicamente de esas dos variables, sino de muchas, y que la pobreza no subió más en el 2009 gracias a la reducción de la inflación, que pasó de 14% a 4% (anualizada).
Desigualdad, pobreza y desempleo
Con ese título -o algo similar- abrió hoy La Nación su sección editorial. Y la pregunta de fondo es cómo reducir esas variables sociales de manera elevada y sostenida para hacer de Costa Rica una sociedad más justa y próspera.
La posición del periódico es que el desempleo, pobreza y desigualdad se afectan positiva o negativamente por dos variables macroeconómicas fundamentales: el crecimiento del PIB y el nivel de inflación. Más concretamente, dijo que durante el período comprendido entre 2007 y 2008, cuando el PIB crecía a tasas vigorosas, bajaron el desempleo y la pobreza. Y la pobreza no bajó más a pesar del incremento en el nivel nominal de los salarios, porque la inflación fue muy elevada.
Pero que en 2009, cuando la tasa de expansión de la producción fue negativa (-1,3%), subieron el desempleo (de 4,7% a 7,5%) y la pobreza (de 17,5% a 18,5%) y, además, subió el índice de Gini que mide la desigualdad (pero aclara que la desigualdad no depende únicamente de una variables, sino de otras no mencionadas en el editorial). También indica que la pobreza no subió más gracias a la reducción de la inflación. Y de ahí se derivan varias conclusiones importantes:
· Hay que evitar (a toda costa) las crisis económicas por el costo que implican en términos de crecimiento, desempleo, pobreza y desigualdad. Es claro que las crisis afectan más a las personas ubicadas en los quintiles más pobres, lo cual es un costo social inaceptable.
· Corolario de lo anterior, hay que estimular el crecimiento de la producción. Eso es fundamental. La pregunta es cómo lograr que el crecimiento sea elevado y sostenido para evitar los altibajos en el empleo con las alzas y bajas en el PIB.
· Algunos afirman (Flacso, entre otros) que no todo crecimiento del PIB conduce a aumentos del empleo y reducción de la pobreza. Por tanto, no hay que fijarse en cuánto se crece sino cómo se crece. Lo ideal según esta posición es lograr crecimiento de calidad. Otros, por el contrario, piensan que tratar de lograr un “crecimiento de calidad” puede tener un costo en términos de la tasa bruta de crecimiento, y que lo ideal es lograr tasas elevadas y sostenidas del PIB durante períodos de tiempo prolongados, como ha hecho la China.
· Pero esto nos lleva a otra proposición controvertible: a veces, aunque haya un crecimiento elevado, no se logra mejorar la distribución del ingreso, como también ha sucedido en China. Pero en CR, conforme decrece el PIB (tal y como sucedió en este período de crisis), se deteriora aún más la distribución de la riqueza.
¿Qué piensan los bloguistas?

15/11/2009 01:36:34 pm, 
El público comenta
Ver comentario
Ver comentario