De piratas, películas e Internet
A mí esos anuncios mexicanos que dicen "La piratería es un crimen" o "Las películas pirata se ven mal, pero tú como papá te ves mucho peor" me caen de verdad muy mal.
Primero, ese tono moralista, como de sermón de iglesia que se autocoloca en una posición de superioridad moral, no le va al negocio de las películas.
Segundo y más importante, nos pide a los consumidores darle la espalda a los piratas, pero no explica por qué los dueños de esos derechos intelectuales nos dan la espalda a los consumidores.
Yo he tratado de hacer las cosas de la forma correcta. Cuando supe que en iTunes se podían alquilar películas entré a la página, dispuesta a pagar los $2.99 o $3.99. "No hay tienda de iTunes en su país", fue lo que único que me ofreció el sitio electrónico. Lo mismo ocurre con las series de televisión y las canciones.
Poco después entré a Amazon con tarjeta de crédito en mano. Ahí los precios empiezan en $1.99 para películas y programas televisivos y en $0.89 los álbumes de música completos. ¿Qué obtuve? "Por restricciones impuestas sobre nosotros por los proveedores de contenido, de momento solo podemos dar este servicio a clientes ubicados en Estados Unidos. Lamentamos que usted no pueda utilizar el servicio si está fuera de Estados Unidos".
Canales como ABC, que ponen en línea de forma gratuita episodios de series como Lost, salen con lo mismo. Y si usted está pensando que por lo menos queda YouTube, le tengo malas noticias. La semana pasada iba a ver un video musical que tenía marcado como favorito y, bueno, creo que no necesito repetirle lo que me salió.
Ya ni la radio se puede oír. Pandora, donde usted programa una emisora personal con el tipo de música que quiere escuchar, me envió un e-mail hace algunos meses diciendo que, debido a las condiciones de la industria de artistas y productores, ya no podría permitir acceso desde otros países. La única forma de hacerlo es negociar los derechos de cada canción en cada país y la empresa no tiene recursos para iniciar semejante cruzada. Como consuelo, me ofreció guardar mis preferencias por si algún día la situación cambia.
¿Qué he hecho, entonces? No compro películas pirata, pero aclaro que no es por esos anuncios, sino porque cuando algo me gusta tanto como para comprarlo quiero la mejor versión. Sin embargo, tampoco me espero 700 meses para que Lost llegue a Costa Rica. Ni compro CDs con cajas plásticas que contaminan más el planeta. Las películas a veces las veo antes de que lleguen a los cines. Ah, y definitivamente no pago más de lo que pagan en línea los consumidores estadounidenses, quienes sí son apreciados por la industria.
Por el contrario, ese tratamiento tan humillante me llevó a encontrar numerosas formas de ver y escuchar todo lo que quiero, cuando quiero, con excelente calidad, gratis o a bajo precio y, lo mejor de todo, sin tratos discriminantes solo porque estoy en Costa Rica.
Sorpresivamente, nada de lo que he encontrado es ofrecido por la industria. Me extraña, porque se supone que se dedica al negocio de vender contenidos; sin embargo, no me preocupa porque ese es su problema como industria, no el mío como consumidora.
Cuando la industria esté dispuesta a aceptar mi dinero en línea, con gusto seré su cliente, pues soy creyente en los derechos de autor. Pero, mientras me trate a la patada, no tengo ningún reparo en aceptar los cariños de otras industrias.
Después de todo, ser estúpido también es un crimen -contra uno mismo- y, por cierto, no se ve para nada bien en un papá.

06/07/2008 07:47:02 pm, 
El público comenta